Una mirada a las larvas o el engañoso paisaje del progreso

cucullio

Durante una etapa de mi vida me dio por hacer macrofotografía (la fotografía que decora este post es de entonces). Agarraba mi cámara réflex, me agazapaba en un prado y buscaba pequeñas escenas de historia natural: una araña tejiendo su tela, unos chinches copulando en el centro de una flor, las caprichosas formas de los pétalos de una orquídea…los minimundos se me antojaban infinitos. Ahí, detrás del objetivo, con la mirada fascinada y ávida de historias y belleza, aprendí muchísimo. Cosas muy poco prácticas para el día a día, pero que saciaban mi sed y que, pase lo que pase, nadie podrá arrebatarme, pues esa es una de las cosas buenas de aprender algo. Debo decir que fui muy feliz y esa felicidad duró hasta el día que me hice con una cámara digital. Ese día algo se rompió. La magia de la espera, la responsabilidad y la tensión que se acumulaba en cada disparo, la liturgia de mirar las diapositivas a contraluz…Pero dejemos para otro día el psicoanálisis de que ocurrió en esa etapa y su relación con la tecnología. Hoy me quería centrar en los micromodelos de mis macrofotos.

Lo más sorprendente de mirar el mundo con un objetivo macro fue descubrir la vida antes de la vida. Imagina una libélula, sobrevolando la superficie de una balsa, con un control exacto de cada pequeño músculo de su cuerpo. Ahora hace un requiebro, se suspende en el aire como si fuera un helicóptero para, acto seguido, acelerar hasta alcanzar una velocidad que tu mirada no es capaz de seguir. Es una criatura armónica, perfecta. Descubrir que la mayor parte de su vida la pasó bajo el agua, cazando insectos y renacuajos con una terrorífica mandíbula-proyectil envidiada por el más terrorífico de los aliens, parece indigno. Pero son el mismo individuo. Uno se agazapaba en el barro y comía negros renacuajos, el otro dominará los cielos. ¿Cómo es esa primera vida, desconocida por la mayoría de nosotros? ¿Y la de una mosca? ¿Y la de un mosquito? ¿Y una efímera, cómo vive? ¡Las efímeras viven un solo día y no tienen boca! Aunque alucinante, es falso. Antes de “esa” vida que nosotros les otorgamos, han pasado de tres a cuatro años bajo el agua. ¿Y una mariposa? ¿Cómo es la vida de una mariposa antes de ser mariposa? ¡Ah! Eso si lo conocemos muy bien. Demasiado bien, podría decirse en este caso.

El ciclo biológico, por todos conocido, de huevo-oruga-capullo-mariposa ha sido y sigue siendo interpretado erróneamente como un camino inevitable a la perfección. La reptante, rechoncha y peluda oruga, tras una vida dedicada a comer y comer cualquier cosa que se interponga en su camino, se envuelve en su sudario y resucita unos días después convertida en una vaporosa y grácil mariposa que se alimenta de las flores y revolotea en el aire cálido. La oruga no es más que un estadio pre-mariposa. De hecho Linneo bautizó esa etapa de la vida de los insectos como larva, que según su etimología vendría a significar máscara o espectro. El estadio larvario es pues el estadio espectral o enmascarado de la mariposa. Con coherencia, llamó imago al estadio de adulto reproductor; la imagen, lo que esperamos de la realidad. El estado adulto es la representación de la naturaleza misma de la mariposa, su esencia, y todos los estadios anteriores son meras etapas en el mejor de los casos denostadas para alcanzar la mariposidad.

Una vez más aparece nuestra falaz manera de mirar las cosas. Progreso, causalidad, linealidad. No somos capaces de ver que tan perfecta es la oruga como la mariposa. Pero así somos. Los niños durante muchísimos años se han concebido como un estadio, más o menos molesto, para alcanzar la madurez. Y con esta mentalidad de menosprecio a la infancia se ha construido la sociedad, la educación, el espacio público. Actualmente las cosas han cambiado un poco, pero no tanto. Se idolatra la juventud y hasta podríamos decir que en cierta manera las nuevas generaciones crecen y hemos crecido en una especie de neotenia mental, en la que los rasgos conductuales infantiles han sobrevivido en nuestra madurez física con una cierta connivencia generalizada. Pero proteger al niño que llevamos dentro no nos convierte en protectores de la infancia. Samuel Butler escribió “La gallina es la forma que tiene el huevo para hacer otro huevo“. Y esa frase podría aplicarse también a las mariposas y, por qué no, a los humanos: “Un adulto es la forma que tiene un niño para hacer otro niño” ¿Qué pasaría si nos cargáramos la pesada losa del progreso y colocáramos a los niños en esa posición preponderante? Pero no como creemos estar haciéndolo ahora, ya que no pensamos en nuestros niños, pensamos casi siempre en los adultos en los que se convertirán. ¿Cómo serían nuestras escuelas? ¿Cómo serían nuestras ciudades? ¿Nuestros ríos? ¿Cómo sería su mundo?

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Publicado en Ciencia, Reflexiones

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