Minúsculo

No amo el escozor de la picada de un tábano. No me desvivo por gozar la enfermedad infligida por bacterias que invaden mis entrañas. No agradezco a los hirientes tentáculos de una medusa que me frustren un maravilloso día de playa. Pero todas estas minúsculas y repudiadas criaturas me recuerdan la fragilidad del ser humano; somos una pieza insignificante, un engranaje más de algo tan grande, algo contra lo que obsesivamente levantamos un muro de tecnología cada vez más alto, que nos separa de bosques, mares y estaciones.
Incansable, tenaz, lo minúsculo sigue ahí, recordándonos a aguijonazos que estamos hechos de hojas, de sal y de lluvia.

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Publicado en Reflexiones

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Pequeño buzo somnoliento

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