Los que responden

ushebti

Sarcófago. Qué gran palabra. Proviene del griego y quiere decir literalmente “que se come la carne”. Metes un cadáver en un sarcófago y con el tiempo este desaparece. La historia nos ha demostrado que eso no es cierto del todo. En el antiguo Egipto, la técnica del embalsamamiento preservaba la carne; a pesar de que los egipcios habían convertido la construcción de sarcófagos en un arte y a ellos mismos en devotos de las necrópolis y fanáticos del Más Allá. Pero la preservación de la carne, como otros lujos post-mortem, estaba reservada a la clase poderosa. Otro de esos privilegios era el de enterrarse con unas estatuillas momiformes , de tamaño similar al de un dedo. Se conocían como ushebtis, que traducido a nuestra lengua vendría a ser “los que responden”. Fáciles de tallar, su exclusividad radicaba en el costoso precio que las minuciosas inscripciones suponían. Y es que la inscripción era crucial. El embalsamado, una vez en el Más Allá solo tenía que coger un ushebti y leer la fórmula en él escrita en la que aparecía su nombre y una fecha. El ushebti se personificaba a su lado y realizaba las tareas “mundanas” que Osiris había reservado para el faraón en el Más Allá. Los faraones se enterraban con auténticos ejércitos de estas estatuillas, por lo común con no menos de 400, lo que garantizaba un sirviente para cada día del año, algunos capataces y sustitutos. ¡No fuera que tuviera que cavar!
Me imagino a un faraón, cómodamente instalado en el Más Allá, viendo como, tras la fórmula de invocación, aparece su ushebti del día doscientos treinta y uno de un año cualquiera en su eterno descansar. “Aquí están los que responden”, dice, y se pone de inmediato a arar la tierra. Me imagino al mismo faraón segundos después. Su cara se descompone con la sorpresa de ver desaparecer a su esclavo, sin motivo. Coge otra estatuilla y, algo desorientado, lee la inscripción. Nada ocurre. Y ahora, con cara de pánico, deja caer un tercer ushebti tras comprobar que no funciona.
Imagino de nuevo al faraón al día siguiente. Tiene lágrimas en los ojos. Coge la azada y la levanta por primera vez. Nunca lo hizo en vida. Pesa la azada. Le pesa la vida eterna.
En el otro extremo de la realidad, en plena época victoriana, los ushebtis del faraón son transportados a un museo. Allí el mismo arqueólogo que los descubrió, los estudiará con detalle. Se siente orgulloso del hallazgo pero, lamentablemente, por siempre permanecerá ignorante ante su gran logro: justicia social en el Más Allá.

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Publicado en Reflexiones, Relato

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