Cien mil millones de galaxias y unos cuantos batracios

Hace ya unos años, buscábamos mi mujer y yo un lugar dónde dormir en una región poco poblada de Creta. Era noviembre. De noche. Cogimos una carretera de tierra que parecía llevarnos a una zona habitada. Y realmente lo estaba. A la luz de los faros del coche, el suelo parecía un líquido en ebullición. Saltaban cosas. Y esas cosas resultaron ser miles y miles de ranas que alfombraban el camino. Era casi imposible caminar sin pisarlas. Conducir, simplemente provocaba un auténtico holocausto. Muy a mi pesar, acabé poniendo la primera y pisando suavemente el acelerador. Ir hacia adelante o hacia atrás era irrelevante. Las ranas nos rodeaban. Amenazaba la lluvia y la noche se cerraba. Quién me conozca sabrá lo mal que lo pasé. Por esta y alguna que otra experiencia que algún día quizás explique si sale a colación, en casi todas mis pesadillas aparecen hordas de batracios deformes.
En aquel eterno avance tuvimos la suerte de ver varias elegantes lechuzas dándose un atracón. Aquel anfibio resurgir, masivo y descontrolado, seguro que se convirtió en un memorable festín para más de uno. Se aligeró nuestro sufrimiento al pensar que no éramos los únicos exterminadores.
Pero lo que nos ocurrió aquella noche cretense, más allá de una anécdota que cada año gastamos un poquito más, fue también una metáfora perfecta de lo que es la evolución, de cómo avanza la vida en su sentido más amplio y la vida de uno, en una visión más concreta.
¿Qué ranas sobrevivieron aquella noche? Uno podría responder a esa pregunta diciendo que las que mejor adaptadas estuvieran a la tensa prueba que les ponía la vida. Sería una buena respuesta. Muy darwinista. Los factores que limitaban su supervivencia eran, simplificando, las lechuzas y nuestro coche. Habrían en aquella turba de ranas algunas cuyo tono de piel las camuflaría ante la aguda vista de las lechuzas. Otras con buenos reflejos y un vigoroso salto con el que escapar a sus rápidos picotazos. Las ranas más grandes y con una piel más húmeda, reflejarían más luz y podrían así captar mi atención y provocar un leve giro de volante para esquivarlas. Esas características, y otras que pudieras razonar, superarían con mayor probabilidad aquella noche. Pero…¿y el azar? Circulamos por aquel camino a una hora concreta provocando un gran número de bajas. Otros coches quizás pasaron más tarde, a intervalos impredecibles para las ranas. Y las lechuzas no alcanzaban a comérselas todas, por lo tanto el lugar concreto en el que se posaban y su grado de saciedad antes de empezar a comer podían, independientemente de las características de la rana, decantar a un lado o a otro la balanza. ¿Y por qué aquella noche las ranas emprendieron su viaje? Unos días, apenas unas horas de diferencia y las condiciones de su entorno hubieran sido levemente distintas pero quizás en un modo dramático para muchas de las supervivientes.
El azar es el motor de la vida. La nuestra o la vida en mayúsculas, es igual. El azar es el meteorito que aniquiló a los dinosaurios y que permitió a una estirpe de tímidos mamíferos dominar la tierra. El azar es ese espermatozoide y no otro que se encuentra con ese óvulo y no otro y juntos se convirtieron en ti. Es nacer en el primer o en el tercer mundo. Es conocer a esa persona en ese momento concreto. El azar es estar en Creta una noche de noviembre en un pequeño coche decidiendo a golpe de volante que ranas pueden vivir. El azar eres tú. Como dijo Carl Sagan “En la perspectiva cósmica cada uno de nosotros es precioso. No encontrarás a nadie parecido en cien mil millones de galaxias.” Y eso es cierto también, bienvenidos remordimientos, para las ranas.

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Publicado en Ciencia, Momentos, Reflexiones

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