Yo, que fui inmortal

gramíneas
 
Tal y como escribo esto, me convenzo de que, cuando todo se acabe, me reiré de mi mismo con amargura. Ya sea en una habitación de hospital peleando contra un cáncer terminal, o en un último estertor enredado en el amasijo de hierros en los que podría convertirse mi coche tras un accidente o -bienvenido final- como Don Corleone, jugando al escondite con mi nieto entre las tomateras.
Pero lo cierto es que el otro día fui inmortal. De vuelta a casa, tras una ociosa tarde en la que habíamos vencido al calor chapoteando en el río, la luz nos cazó. Paramos el coche junto a un campo de hierbas forrajeras aún sin segar. El sol a contraluz convertía las pajizas espigas del heno, la avena y la briza en oro puro. Las vainas de las retamas que bordeaban el camino -rendidas al calor- estallaban aquí y allá. La piel morena de mi mujer se sumergió golosamente en la luz. En su rostro nació una sonrisa. Mi hijo blandía una varita imaginaria y buscaba brujas detrás del sol. Yo, llevaba a mi hija pequeña en brazos. Notaba como su peso aumentaba a medida que se rendía al sueño.
El tiempo se paró.
Se estiró.
Y fui inmortal.

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Publicado en Momentos

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