La mirada perdida

La luna está en el cielo cada noche. ¿Cuántas noches nos paramos a mirarla? Aunque tan solo sea un segundo, ¿Cuántas noches nos dejamos asombrar de nuevo por ella? Mi hijo saltaba ayer en el balcón y chillaba “¡La luna! ¡La luna!” señalando el cielo, emocionado. Tiene cuatro años. Evidentemente no es la primera vez que la veía, pero así lo parecía. Es extraordinario. Los niños son parte del prodigio. Para que la luna exista, primero la materia tuvo que aparecer de la nada. Y tuvieron que pasar miles de millones de años para que lo improbable fuera posible y mi hijo estuviera en un balcón saltando y viendo la luna relucir en el cielo. Lo más curioso de todo es que los niños no conocen la asombrosa improbabilidad de estos momentos y aún así se asombran. Los adultos sí y decidimos girar la cabeza a la belleza y al misterio. Tener hijos te devuelve una parte de esa mirada perdida.

El otro día, camino del colegio, con mi hija pequeña en el cochecito, crucé un parque, del que ya os he hablado en otra ocasión. Las copas de las jacarandas habían estallado de añil y frente al cochecito un macho de lavandera blanca correteaba frenético en busca de algún insecto. Me paré para enseñarle el pájaro a mi hija. Y entonces, sobre el rugir del tráfico, escuché un piar incesante. A la izquierda, sobre la hierba, la hembra de lavandera corría también frenética pero en este caso huyendo de uno de sus hijos que, aun habiendo aprendido a volar mantenía ese aspecto mullido tan característico en las plumas. La joven lavandera perseguía a su madre sin descanso, piando y moviendo las alas, rogándole, exigiéndole que le diera de comer. Cerca, impasibles ante la situación, otros dos pollitos adolescentes de lavandera picoteaban la hierba. Su carácter independiente ya se había forjado. Sobre nuestras cabezas, entre las flores de la jacaranda, un gorrión jovencito estaba sometiendo a la misma tortura emocional a su madre. La misma presión que ejercen sobre nosotros nuestros hijos. En el caso de las aves dura unas pocas semanas. En nuestro caso dura un par de décadas. Estoy casi convencido de que algunas madres pajarillo sufren en el camino de desapegarse de sus hijos, pero saben que es lo mejor para ellos. Otras en cambio perderán la batalla y embutirán moscas y gusanos en el esófago de los suyos hasta que estos comiencen a sentir la picazón del apareamiento.

Si no hubiera ido con mi hija, quizás me lo hubiera perdido. Pero estas cosas ocurren. Como la luna en el firmamento. En medio de una gran ciudad. Cada día. Cada segundo.

Anuncios
Publicado en Momentos, Reflexiones

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Pequeño buzo somnoliento

Introduce tu dirección de correo electrónico para seguir este Blog y recibir las notificaciones de las nuevas publicaciones en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 107 seguidores

A %d blogueros les gusta esto: