Cafeína – Fukushima

Como cada lunes, cuando la cafeína había hecho su efecto, ya me encontraba dentro del autobús, incapaz de recordar que calcetines había escogido ponerme y sorprendido con mi sistema nervioso parasimpático que, a pesar de encontrarme yo hecho un ovillo en algún lugar de mi subconsciente, había evitado un accidente en la ducha, bajando las escaleras o subiendo al autobús. Fuera como fuese, allí estaba, agarrado a una barra suave y fría, con la mirada perdida en el mundo exterior que se movía delante de mis ojos.
Era un día radiante.
El aire era limpio y ligero.
El autobús de motor de hidrógeno remontaba silenciosamente la Rambla, evitando los taxis eléctricos. Por el paseo central, una horda de turistas se mezclaba con la gente atareada que se dirigía a su lugar de trabajo, caminando o en bicicleta. Podías oír el rumor de las conversaciones a través de los cristales. Era tranquilizador pensar que aquel pavimento tan moderno era capaz de transformar los pasos de cada una de aquellas personas en pequeños impulsos electromagnéticos que sumados dotaban de energía a todos los servicios públicos del centro de la ciudad.
Cómo habían cambiado las cosas.
Después de la crisis nuclear de Fukushima las naciones del mundo habían entendido por fin que aquella tenía que ser la última desgracia energética. Habían entendido que otro camino era posible. Y en pocos años el cambio en las grandes ciudades como Barcelona, había sido alucinante.
Al llegar al cruce de la Gran Vía, deslumbrado por el resplandor de un tejado solar, he dirigido la mirada al interior del autobús. Entonces he comenzado a entender que alguna cosa no encaja del todo. Una chica espectacular, de neumática figura y precioso rostro, me mira como si acabara de descubrir que soy el amor de su vida. El resto de los ocupantes, vestidos como si vivieran en alguna ciudad residencial americana de los años cincuenta, me miran fijamente con una sonrisa inquietante dibujada en los labios. Agobiado, comienzo a gritar ¡Señor conductor, necesito bajar de aquí! y me acerco a él, reptando entre los cuerpos cada vez más próximos de esas extrañas personas. El conductor frena de golpe y se gira. Es un hombre calvo, con unos bigotes caracoleados y una densa barba blanca. Me dice alguna cosa que no entiendo; habla como el Pato Donald. Saca una bocina antigua y aprieta el caucho rítmicamente, olvidándose por completo del volante.
“Mierda…otra vez soñando con un mundo feliz”
Golpeo el despertador y me levanto de un salto. La chica que me adoraba no estaba nada mal, pienso. Y sonrío.
Como cada lunes escojo coger tarde el autobús para poder afrontar todas mis rutinas matinales, entre ellas tomar mi dosis de cafeína.
Barcelona es un caos.
El cielo es gris y el aire alrededor del autobús tiene una densidad preocupante.
Eso sí, voy dentro de mi pequeña isla de sostenibilidad: el autobús es de motor de hidrógeno – capaz de limpiar hasta las más sucia de las consciencias-, las chicas guapas tienen la mirada huidiza y la gente está, básicamente, cabreada.
Piedad, qué es lunes.

Anuncios
Publicado en Relato

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Pequeño buzo somnoliento

Introduce tu dirección de correo electrónico para seguir este Blog y recibir las notificaciones de las nuevas publicaciones en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 107 seguidores

A %d blogueros les gusta esto: