Sobre los huevos del kiwi

Recientemente releí el extraordinario artículo Sobre los huevos del Kiwi y la Campana de la Libertad* de Stephen Jay Gould. Consigue, en apenas trece páginas, enseñar historia natural, teoría de la evolución, matemáticas, teoría del pensamiento e historia de los Estados Unidos y todo para responder la pregunta que surge al ver esta imagen:

kiwi2

¿Cómo la naturaleza ha permitido que un ave ponga un huevo de tan colosales proporciones?
El planteamiento darwinista clásico lo tiene claro. Un huevo más grande garantiza la supervivencia de los pollos, que nacen más autónomos. Y en Nueva Zelanda, hábitat de este extraño y pequeño pájaro peludo incapaz de volar, no hay depredadores por lo que la madre ponedora se puede permitir caminar lenta y torpemente durante los días previos a la puesta. Por esos motivos la selección natural favorecería a los kiwis capaces de poner mayores huevos. Un razonamiento correctísimo. Y entonces ahí llega Gould, con su cerebro privilegiado, y dice:
No. El huevo no se hizo grande, fue el kiwi que se hizo pequeño.
Lo demuestra con elegancia, remitiéndose a sus antepasados más cercanos filogenéticamente: las enormes moas, aves extintas que alcanzaban fácilmente los tres metros de altura. Discute el porqué del, entonces, enanismo del kiwi, asociándolo a los hábitos de vida tan similares que presenta a los mamíferos. Resuelve el tema del tamaño del huevo con dos sencillas tendencias matemáticas que puede entender hasta un niño de secundaria. Y cierra con una divertida anécdota que no desvelaré y liga su razonamiento con La Campana de la Libertad. Pero más allá de la elegancia y la genialidad de este pensador y científico, me quedo con dos enseñanzas muy inspiradoras:
 
1) El pensamiento lateral debe tomar el mando. Después de siglos de educación recta y lógica, en la que nos agarramos constantemente a cadenas de razonamientos estandarizados, debemos permitir a nuestro cerebro vagar y encontrar nuevas respuestas. Cada vez más, tenemos la obligación de pensar torcidos.
 
2) Somos como somos porque nuestros antepasados eran como eran, o dicho de otro modo, la historia pesa, aunque nos obsesionemos en no escucharla.

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Publicado en He leído, Reflexiones

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