La consciencia creó a Dios

Pintura-rupestre

La noche aviva los miedos. ¿Quién no ha sucumbido a sus más negros pensamientos en una noche de insomnio? Recuerdo la primera vez en la que entendí el significado de la palabra morir, el verbo que aniquila todos los verbos. Lloré, solo, acurrucado en mi cama. Lloré por la muerte futura de mis padres y mis hermanos. Sollocé atemorizado por aquella noche sin fin que se mostraba en pequeñas y amenazantes dosis cada día.
Qué extraño regalo la imaginación. Por un lado, nos permite transformar el pan y la fruta en sueños. Por otro, nos engaña y transforma esos sueños en nuestras peores pesadillas.
¿Qué sentían los cromañones resguardados en sus cuevas en aquellas largas noches de invierno? Oyen el rugiente viento helado, el aullido de los lobos, inquietantes crujidos en la espesura. Comparten a menudo esas horas con la enfermedad y el sufrimiento de sus seres queridos. Nacen en sus mentes mil dolorosas maneras de morir, mil asfixiantes modos de quedarse solos. ¿Quién les acuna en la desesperación? ¿Qué pueden hacer con el enorme vacío que la consciencia de la muerte ha abierto? Entonces, en lo más profundo de la ennegrecida noche, el canto de un mirlo inunda el aire.
La imaginación creó a Dios, y Dios creó el infierno.

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Publicado en Momentos, Reflexiones

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