Inmortalitza 756

Permaneció todo el tiempo sentado en la silenciosa cúpula – despacho del eminente profesor Vladimir Bognanov. El techo transparente, la decoración minimalista, los cuadros de Rothko, los enormes ventanales con vistas al jardín…Una estampa de paz que nada tenía que ver con el convulso mundo que giraba en torno a él, Inmortalitza 756, fugitivo de la Granja de Wichita, perseguido sin descanso por la policía y reporteros de todos los diarios digitales del planeta.
Su cuerpo, abatido como el de una marioneta sin hilos, se estremecía con los sollozos y gemidos que ya no podía controlar. Sobre la mesa táctil el microchip ensangrentado que se había arrancado, perfilaba el brillo del sistema de detección de información. Entre él y el profesor, la pantalla holográfica vibraba con la ficha del Inmortalitza. Quién era su propietario. Qué retoques genéticos habían sido necesarios. Cuando y cómo nació. Qué controles epigenéticos habían sido regulados en su infancia. Cual era el protocolo de trasplante contratado y cuando debía llevarse a cabo…
Bognanov era un cerebro antiguo. Uno de los últimos Décimo Eslabón que quedaban en el sistema solar. Inmortalitza era un humano prefabricado, un cuerpo cuidado con esmero para, en la plenitud de su juventud, albergar el cerebro del emérito profesor. Debía ser el primer Undécimo Eslabón, un hito en la historia de la humanidad.
Pero los acontecimientos se habían torcido dramáticamente. Desde el preciso instante en el que el profesor vio entrar al inmortalitza, supo que aquello era el fin. Después solo violencia. En el presente, la sangre brotaba de su cráneo quebrado fluía sobre un blanquísimo suelo.
– Os educan bien en esas putas granjas – había dicho el profesor al ver como lanzaba el chip sobre la mesa y se activaba la pantalla. – Haz lo que tengas que hacer, pero rápido. No tardaran en venir a por ti. –
756 se abalanzó sobre él y le golpeó la cabeza con la misma piedra que había matado al vigilante y había destrozado los sistemas de seguridad.
En la lejanía sonaban las atronadoras hélices de los aerotransportadores de la policía.
Bognanov, murió sabiendo que su sueño de ser inmortal había finalizado. Sintió frío. Su larga vida de casi 400 años se descargó frenéticamente en sus neuronas. No fue capaz de recordar a sus padres, ni su primer amor, ni la ilusión de ser niño. Un grave defecto del cerebro no poder retener tantos años de memoria, sobretodo cuando la vida deja de ser infinita y se limita a ese segundo final.
Inmortalitza 756 murió sentado, acribillado por la policía. Sonrió en un último estertor, sin saber que aquel hecho fue por siempre recordado como el inicio de la Gran Rebelión de las Granjas

 


Originalmente publicado en en nº 13 de la Revista Redes

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Publicado en Ciencia ficción, Relato

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