Sadness

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El paso del pequeño bote creó un haz de suaves ondas. Los edificios iluminados de Manhattan se reflejaban en la vítrea superficie del lago sorteando las sombras negras de los robles y los sicomoros. Las luces ilusorias de la ciudad bailaron y pareció entonces que un millar de luciérnagas surcaban el aire gélido de aquella noche de invierno. Unos cuantos copos de nieve empezaron a descender del cielo y a levitar mágicamente sobre las cabezas de los tripulantes.

Tom dejó de remar, aspiró profundamente y se puso a cantar con su voz ronca y castigada.

     snow is fallin, fallin on the cold cold ground

     snow is fallin, baby, fallin on the cold cold ground

     gloom and misery, gloom and misery all around

     I used to be so happy now all I do is cry

     I used to be so happy now all I do is cry

     gonna buy myself a coffin, well I’m gonna lay right down and die

     well people if I die tomorrow, who’s gonna cry for me

     people if I die tomorrow, who’s gonna cry for me

     well, I aint got nothin but these blues and misery

     I guess you better come on and get me, aint got nothin to lose

     I guess you better come on and get me, aint got nothin to lose

     I don’t feel like livin’ life ain’t nothin’ but the blues

La niebla que el calor de su aliento había creado, se desvaneció rápidamente tan pronto acabó de cantar. Tom abrió los ojos y miró a sus compañeros de viaje.

Guau, Tom! Tienes una voz dolorosa – comentó Ruth con admiración.

-Sí, Tom, cantas muy bien. Pero mierda, se suponía que veníamos a pasárnoslo bien. Acabamos de robar un bote y nos estamos paseando en él de madrugada por el lago de Central Park. He abandonado en la orilla mis fardos y cartones por primera vez en un año y hace un frío del demonio ¿Qué tal si empieza la fiesta? – Thadeus sacó una botella de vodka medio vacía, el gran tesoro de una ardua semana removiendo basuras.

Ruth vació los bolsillos de su gabardina. Colocó una buena cantidad de colillas y un mechero sobre la bancada.

Tom se desabrochó un poco la cremallera de la chaqueta, metió el brazo y pescó una bolsa de patatas fritas y un par de cervezas.

– Yo ya no tengo ganas de pasármelo bien, Thadeus. Solo he venido a cruzar el lago– contestó Tom.

No se podía decir que fueran buenos amigos. Eran tan solo indigentes que habían decidido no pelearse por un banco o por basura y que de vez en cuando se hacían compañía. Tom había propuesto cruzar el lago de Central Park con un bote. Algo simbólico. Igual que en África cruzaban el mar arriesgando la vida buscando una oportunidad. Igual que sus antepasados habían cruzado el océano soñando una nueva vida. Era una idea descabellada pero sin duda mejor que dormitar en cualquier esquina. Thadeus había querido convertir aquella aventura en un carnaval. Para él cualquier excusa era buena para beber. Había que reconocerle que en aquella ocasión no era una mala idea. El alcohol calentaba como una buena hoguera.

Cuando las colillas empezaron a escasear, las conversaciones giraron al pasado. Para aquellas personas, sin futuro y con un presente mugriento, muchas veces solo les quedaba el recuerdo de una vida pasada mejor.

Ruth era ya muy vieja para prostituirse. Tenía aún deudas contraídas con su último chulo. Temas de drogas. Apenas lograba dormir por las noches. No sé acostumbraba a dormir en la calle, pero había decidido morir con un mínimo de decencia. Cuando habló de su infancia en Georgia, sonrió. Fue aquella una sonrisa inocente.

Thadeus se encolerizó explicando cómo su soñado retiro en Long Island, envejeciendo con su mujer frente al mar, se había esfumado con la bancarrota de Lehman Brothers. Todo su dinero perdido. Perdió también a su esposa, la única familia que tenía. Recordó la despedida. Aquella mujer, cobarde, fue incapaz de compartir con él la desgracia después de haber compartido más de treinta años de felicidad. Hasta que la muerte os separe, murmuró Thadeus y sonrió. Fue aquella una sonrisa repleta de sarcasmo.

Tom, por su parte, a pesar del intenso frío, les mostró la grotesca cicatriz que señalaba el lugar donde había lucido hacía tiempo un tatuaje con el rostro de Beth, el amor de su vida. No entró en muchos detalles, pues aún se le hacía un nudo en la garganta, pero supieron que había sido traicionado por su mejor amigo. La depresión que sobrevino se instaló para siempre en su cerebro. Cuando acabó su relato, Tom sonrió y fue aquella una triste sonrisa.

Thadeus cogió la botella vacía de vodka y la estrelló contra la popa del bote.

– ¡Este bote queda bautizado! – gritó – De ahora en adelante Sadness será tu nombre – y tras aquellas palabras, solo silencio.

Tom retomó los remos y comenzó a bogar hacia su destino. Los tres dirigieron sus miradas al frente, expectantes. Un ojo puesto en la lejana orilla, el otro puesto en el convulso mundo interior de cada uno. Era aquel un viaje de resurrección, navegando tras una quimérica recompensa.

Pero en la otra orilla del lago no había más que la luz errática de las linternas y los gritos poco amistosos de la Policía de Central Park. Ruth no encontró una granja en Georgia que le limpiara todos aquellos años de humillación. Thadeus no encontró una casa en Long Island. Tom no recuperó el amor.

El viaje del Sadness fue un viaje de ida y vuelta.

 


 

 

NOTAS DEL AUTOR

Las ilustraciones en las que se inspiró este relato son obra de Marc Villalba

La canción de Tom es una transcripción de The Snow is fallin’ de Ray Charles

     la nieve está cayendo sobre el frío frío suelo

     la nieve está cayendo sobre el frío frío suelo

     Tristeza y miseria, tristeza y miseria en rededor.

     Yo acostumbraba a ser tan feliz y ahora todo lo que hago es llorar

     Yo acostumbraba a ser tan feliz y ahora todo lo que hago es llorar

     Me voy a comprar un ataúd, voy a estirarme en él y morir.

     Bueno gente, si muero mañana, ¿quién llorará por mí?

     si muero mañana ¿quién llorará por mí?

     No me queda nada más que este blues y miseria.

     Supongo que sería mejor que vinieras y me llevaras, no tengo nada que perder.

     Supongo que sería mejor que vinieras y me llevaras, no tengo nada que perder.

     No siento que esté viviendo la vida. No me queda nada aparte del blues.

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Publicado en Relato

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